
«España en mi corazón» es la obra pianística de Carlos Palacio. Tan solo su título refleja que estamos ante una obra entrañable, un canto elegíaco a su España deprimida, la expresión nostálgica de un artista conmovido. Compuesto por 23 piezas cortas escritas en forma de canción unas, y en forma de danzas otras, síntesis creativa que entiende la simplicidad como logro. Publicada en dos cuadernos, el primero de trece piezas y el segundo de diez.
El propio Carlos confesaba su amor por la base melódica y por la sustancia melódica del canto, umbral expresivo de la creatividad y consustancial al hombre. Quizá por esto estas músicas se han puesto en relación con Mompou, pero también tienen mucho que ver con las ambiciones técnicas y estéticas de la mayor parte de los compositores de la Generación del 27.
Sus títulos son un compendio de intenciones y de logros, episodios siempre poéticos, bucólicos unos, elegíacos otros, de heroica beligerancia algunos, de ternura inigualable los demás, los bosques, la aurora, la primavera, las estrellas, el viejo jardín y ¡cómo no! Los poetas, sus poetas y los de todos, Antonio Machado, Federico García Lorca y Miguel Hernández.
Carlos Palacio, músico de cuerpo entero, alcoyano entusiasmado, Alcoy siempre fue centro de sus añoranzas y nostalgias, tornando y retornando a sus entrañas como un fluido permanente e insaciable. Estatura rotunda, manos y dedos finos, cabellera blanca y rizada, presencia impactante, hombre leal consigo mismo y las ideas que orientaron su vida en unos tiempos difíciles para España y los españoles. Yo guardo recuerdos imborrables de su bonhomía, él los escribió, escribió de sí mismo, de sus dudas y sus convicciones y de lo que amó a lo largo de su existencia, nunca de lo que pudo llegar a odiar, porque el odio nunca anidó en su corazón.
«Para mí la música no es ninguna ciencia exacta, ni una disciplina de laboratorio, sino materia viva y sonora que conmueve el corazón del hombre». Carlos Palacio

Carlos Palacio nació en Alcoy en 1911 y falleció en 1997 en París. Ya desde muy joven mostró un gran interés por la música. Fue en Alcoy donde se inició en el estudio de esta disciplina, tutelado por Miguel Francés, el maestro Martínez y por Gregorio Casasempere. Este último, observando las talentosas aptitudes de su alumno, le recomendó trasladarse a Madrid. El joven contaba por aquel entonces con dieciséis años.
Ya en Madrid, estudia con los profesores Miguel Santonja y Bartolomé Pérez-Casas, consiguiendo un primer premio en Armonía al finalizar sus estudios. Amplia sus estudios de composición con Conrado del Campo, asistiendo simultáneamente a las clases de Óscar Esplá y de Eduardo Martínez Torner. No menos destacable es la influencia que recibe de Adolfo Salazar.
Durante la República, trabajó como violinista en el Teatro Maravillas, que era un local dedicado entonces a la revista musical (género musical en boga en aquellos momentos que tenía influencias del «vodevil», «burlesque» o el «music hall», pero también elementos castizos exclusivos de España como, el sainete o la zarzuela). Además, era crítico musical de la Revista de la Asociación de Profesores de Orquesta y de Mundo Obrero.
En este período, conoció en las clases de composición de Conrado del Campo, a su compañero Joaquín Villatoro, que sería el que le introduciría en esos «círculos proletarios» que ya nunca abandonaría. Pasó entonces a dirigir estos «Coros Proletarios» que desarrollaban sus actividades en un local cedido por el Partido Comunista de España. Fue precisamente para este coro para el que compuso, junto con Rafael Espinosa y según la letra de Armando Guerra el Himno a Luis Carlos Prestes.
Y esta sería solo la primera de una retahíla de canciones obreras cuyo objetivo primordial no era otro que el de enriquecer el repertorio musical obrero español, que por aquellos tiempos contaba únicamente con canciones antifascistas prestadas de Alemania y la Unión Soviética.
En 1936, al inicio de la Guerra Civil española, Palacio recibió un encargo del Ministerio de Instrucción Pública. El encargo se basaba en la creación de una serie de himnos destinados a estimular a los soldados en la contienda bélica. Junto con compositores como Rodolfo Halftter, Moreno Gans, Bacarisse, Castro Escudero y Rafael Espinosa, debía de componer música para una serie de coplas de Luis de Tapia. En este contexto nació su célebre canción «Compañías de Acero». Pero también de su autoría fue el himno a Luis Carlos Prestes, fundador del partido comunista de Brasil, que con texto de Erich Weinert se convirtió en el «Himno de las Brigadas Internacionales».
La misión de Palacio consistía en reunir las canciones, darles difusión y popularizarlas entre las filas republicanas. Para materializar este objetivo se formó un coro de cuarenta voces, que junto con el Grupo Orquestal que actuaba en Radio Madrid y con la colaboración de Espinosa, iniciaron la transmisión de las canciones. En este contexto, adquirirá un papel crucial el programa radiofónico de «Altavoz en el Frente».
Este material será la base de las «Canciones de Lucha» publicado en febrero de 1939 en Valencia, en los talleres de «Tipografía Moderna» de Valencia. En esta publicación Carlos Palacio recopiló un centenar de canciones. Sin embargo, las circunstancias que se daban en aquel momento en España hicieron que una apresurada edición no pudiese contar con las partituras, sino tan solo con las letras, acompañadas de grabados de diferentes artistas y puntuales comentarios del autor.
Esta publicación hizo que Palacio se viera más amenazado de lo que ya estaba, por lo que un mes después del lanzamiento del libro se escondió en su casa del Alcoi donde permaneció hasta 1945. En primer lugar, y en el terreno extramusical, el punto en común entre las canciones es la finalidad para las que fueron compuestas.
Como ya indicó el propio Carlos «Son canciones de la defensa de Madrid, marchas de combate, himnos de unidades militares, cantos de las juventudes en armas». Los soldados las entonan mientras resisten impávidos los bombardeos de la aviación extranjera, mientras atacan con heroísmo para reconquistar España. Esta característica ha tenido sin duda, una gran influencia sobre la concepción final de todas y cada una de las canciones.
En todas ellas he podido observar como la letra es de carácter silábico, que otorga a la canción un carácter más marcial y también una mayor compresión del texto. Además, en aquellas en que había más de una voz, siempre se ha hecho un tratamiento homofónico con la misma finalidad. Por otro lado, en términos rítmicos, está siempre presente el ritmo de marcha, representado por la figuración básica corchea con puntillo más semicorchea.
La tonalidad suele ser siempre bastante estable, a excepción de algún caso. En este ámbito, vemos como proliferan las tonalidades mayores frente a las menores. Lógico, por otra parte, ya que las canciones pretendían ensalzar el ánimo de los combatientes, y las tonalidades menores siempre han sido asociadas a sentimientos de tristeza o melancolía.
Por último, las canciones siguen una estructura similar. En la mayoría de los casos consiste en una estructura simple de Copla – Estribillo, y en algunos casos se desarrolla dicha estructura para obtener una nueva más cercana al Rondó.
Después de la Guerra Civil tuvo que exiliarse a Francia y allí vivió hasta su muerte. En la obra de Carlos hay un profundo e íntimo sentimiento español que va surgiendo durante el tiempo como una añoranza de su país.
CRÉDITOS
© Marisa Blanes, 2010
ISBN: 978-84-381-0447-7
ISMN: M-979-0-69212-248-7
Depósito Legal: M-52805-2010
Editorial Alpuerto, S.A.
Colabora: Institut Valencià de la Música